9 de junio de 2008

la k-p

Para quienes creyeron conocer la historia...
Ella salía de un burdel en la calle 26 de la ciudad de Nueva York que llevaba por nombre "la casa de mamá". La matrona del lugar le había advertido que se cuidara de los lobos que solían acechar a las muchachas sin cesar. Acentúo su preocuapación en aquella tarde. Insistió en que en su camino no permitiera que nada ni nadie la distrajese.
K-P, iniciales de su nombre real, zigzageaba las largas avenidas con el propósito de hallar a su hada madrina. Toda prostituta tiene una madrina de ejercicio. Una mujer de quien aprender las artes de la seducción, del engaño y, por sobretodo, del desamor. La abuela era reconocida por su clase y espíritu luchador.
Como en toda historia de chicas y muchachos, se apareció, en medio de la nada, el lobo; un gigoló de medio pelo a quien muchas le habían otorgado sus virtudes. El lobo Rigoberto se plantó delante de nuestra cándida heroína y le dijo: "te conozco reina. Vienes de la casa de mamá. Te voy a ver siempre. Te mueves muy sensual. ¿A dónde vas? ¿Te puedo ayudar?"
La pobre no reconoció al peligro en los ojos pardos que tenía en frente. Sin embargo, procuro con cautela no dejarse llevar. Ella, cruzó los brazos, agradeció la oferta, y le dijo "si quieres verme, ven al club". Marchándose luego.
Pero como la historia no puede tener un final tan anticipado, se debe decir que el Lobo insistió e insitió e insistió hasta conseguir embaucar a la niña y volar pronto al refugio de la abuela. Él sabía que podría conseguir a quien quisiese si lograba tener bajo su dominio a la matriarca de todas ellas; la erudita, la reina.
Llegó primero al destino añorado y se sumergió en una batalla campal (entre sábanas blancas) con la abuela. Tras once minutos, ella se encontraba extenuada. La encerró en el ropero y utilizó unos polvos mágicos en el aire para que la Cape no lo reconozca. Era importante mantenerla neutra. No permitir que se llene de ideas ni de celos. Él quería el poder de ambas.
Cuando la novicia arribó todo era confuso. Parecía que el lugar se había transformado en un mundo fantástico donde la realidad no tenía cabida. Recuerda, ahora, haber reconocido su figura. Presionarlo hasta obtener la verdad. Una vez disuelto el hechizo. Ella alzó un grito de exitación que trajo a un curioso a la habitación.
Un hombre musculoso y bronceado que en afán heroíco saltó al acecho del impostor. Grande fue la decepción de la K-P al descubrir que el fisiculturista ese, con pinta de leñador, la tomaría indefensa hasta saciar sus necesidades bestiales.
La abuela murió de asfixia en aquél ropero y K-P regresó, sin dignidad, a la casa de mamá.

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