14 de junio de 2008

carcelero en rojo

Este va dedicado al "Zaiper";
el ejercicio es un vicio
(satisaface
pero te deja
deseando MÁS).

Soledad, cinco de la tarde. Un plato desbordado de aros de cebolla y un vaso alcohólico a medio llenar estancados en una vieja mesa de cedro; a su lado, una silla da la impresión de reo agrilletado en cárcel de máxima seguridad. La brisa se hace más intensa. Susurra sonidos del pasado. Cuentos de ancianos pitonisos que han caído ya en desgracia.
El carcelero trae los labios en carmesí que con bocanadas largas de un gris humeante se pierde en la neblina anclada en su interior. Un silencio bullicioso comienza a gobernar en aquel rincón en medio de la nada. Las gafas oscuras disimulan las gotas saladas que se despliegan en sus mejillas contorneadas. Juega entre sus dedos con una soga pequeña atada en sus extremos. Después de todo es un momento sin comienzo ni final. Una esfera; una unión; un aro. Un viejo amuleto carente de valor comercial o real.
El jinete del tiempo apresura su paso. El carcelero se ha visto envuelto por la noche. La luna (otrora amiga suya) se quedó en el otro lado del globo. A él sólo le quedaron una docena de estrellas que se burlan a lo lejos. Libera al reo y ahora gobierna el suelo por donde sus pasos hieren al andar. Se detiene frente al viejo estante repleto de polvo; acumulado por el desperdicio mundano. Sólo un anaquel sorprende por su contenido: una serie de libros abandonados. Algo late en rojo en el espíritu del carcelero. Con cuidado traza caricias en sus lomos roídos y tras un gran frenesí se lanza vigoroso a hurgar en la tinta retenida en tanta piel canela. Vuelve a su posición inicial. Sella su decepción con un golpe que se repite en el eco. No era más que una enciclopedia barata.
En una esquina se halla una caja de cristal, en aparente libertad. Libre y sometida al unísono. En su interior un viejo piano emite notas dulces que facilitan el ejercicio de respirar y ponen color en las mejillas. Gotas gruesas de agua se acumulan en la frente del carcelero, quien tras remover su pesado saco rojo ha improvisado unos pasos de tap. Se cree Fred Astair saltando sobre objetos; dejando puntos insuturables con sus zapatos de tacón. Se lanza sobre un viejo tonel y dispara chorros de veneno por el suelo. Contaminante guinda que, sin ansias, recupera su libertad en perfecta armonía con el llanto del cielo. Se oyen ruidos extraídos de épocas salvajes, empero rítmicos. Sedientos por dejar marca en este presente.
Aún hoy quedan rastros de aquella lucha de poder, aunque el suelo de concreto se haya transformado en listones de madera; aún cuando el carcelero dejó el carmesí de sus labios enterrado a seis pies; aún cuando hay sólo libertad. Abro los ojos. Ya no está.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No lo puedo diferenciar del anterior... es así de perfectirijillo! Desbordante de poesía!
Un beso!

Mónica B.
PD: No entendí por qué lo dedicás al Zaiper! jajajajajaja

Sebastián Zaiper Barrasa dijo...

gracias por la dedicatoria

Segí dandole a la puesía pebeta!

yo, EL Zaiper

Sebastián Zaiper Barrasa dijo...

P.D.: Mónica, te pusiste celosa?