Silencio.
Nada que oír;
impotencia desbordada
en mis nudillos.
Espasmódico silencio.
Hueco;
aún virgen en el vacío.
Este solía ser un mundo bullicioso, donde el caer de un alfiler corría desprevenido en el tiempo. Hoy tengo la certeza de que un triple repique de una campana resuena en algún lugar y no lo oigo; tal vez sea una alucinación.
Una nada que se alimenta de sus ventajas. Se han desvanecido las sirenas a medianoche y los berrinches de críos malcriados. Una nada que atormenta con sus carencias. Las voces en mi cabeza han enmudecido; me es ajeno el dulce sonido de las gotas de invierno azotando el suelo.
El aire ralea. Es como si fuera esencial para mis pulmones aquel golpe seco en mis narices. Ruido enfrascado... enjaulado. Explota en una caverna oscura: mía, frágil, inútil. Tengo un sabor infernal en los labios. Padezco de una crónica descomposición del cuerpo. Pierdo color.
La nada que deseperada se pierde en sí misma y nada. Clausuro mis ojos en ensayo de recuperación. Subo los cinco pisos que me llevana al salón otrora repleto de los sonidos del mundo. Paro en seco y empaño el cristal. Mi corazón se desliga de la carne. Giro el picaporte silenciosamente. Una luz religiosa se apodera de mi mente; sin embargo, ningún coro de ángeles me recibe. Más vacío decepcionante.
Las rodillas me tiemblan y caigo al suelo en un movimiento seco. Lágrimas se deslizan en un campo vacacional. Oscuridad enmudecida. De repente, una sombra se entrega a mis manos pálidas; devuelve vida en un soplo. Una verdadera salvavida. Abro mis ventanas con miedo a perderla. En su lugar hallo una nota musical que tras acariciarla se convierte en un festín de color. Es mágico. Es radiante.
Es mi amante quien susurra un delicado te amo y acomoda sus brazos en mi cuerpo bajo las sábanas.
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