16 de julio de 2009

en ruta

Viernes por la noche, las luces encendidas, el motor rugiendo en un húmedo estacionamiento, dos chicas enfundadas en pieles negras con unas ganas de conquistar el mundo en ruedas aro 16. ¿Qué puede salir mal?

Todo parece marchar con tranquilidad. Los Hombres G baten nuestros cuerpos dentro del auto. El olor a nuevo es una clara invitación a portarnos mal. Vamos en plan shopping y diversión de chicas. Tour completo: compras, risas, sushi y alcohol. Pues nada, quemamos llantas con mucha prisa y empezamos el trayecto.
A ver, ¿Cuándo las calles se hicieron de una sola vía? Alguien nos tenía que explicar cómo habíamos entrado hasta en tres oportunidades en la vía de alto y rápido (rapidísimo) tránsito. Empezamos a sentir cómo se empañaban los cristales y las luces de otros coches nos cegaban plenamente... no entendíamos más las voces de la radio. A penas pudimos resistir la tentación de gritar en un momento de máxima tensión, frenar y echarnos a llorar. Suena fatal, lo sé. Unas chicas pluscuamperfectas, muy finitas y chulas. De esas personas que no se echan a correr al primer fracaso. Realmente, imagino que por la mente de ambas debió haber pasado la misma idea: salir adelante, ¡rendirse jamás!
Aclaradas las dos, seguimos la marcha. Una histeria se desató dentro de ese pequeño y monstruoso vehículo. Las risas iban y venían. ¡Oh, giramos mal! Una nueva explosión de carcajadas. Ninguna comunicó a la otra su verdadero pesar. Deja todo saldrá bien, decía ella y yo confirmaba la frase con una sacudida enérgica de cabeza, de atrás para adelante. Todo bien repetía y sonreía.
A pesar de lo mucho que nos dedicamos a criticar a los hombres durante esos minutos. Nos tardó mucho llegar a la parte de pedir asistencia externa. Tras seguir la pista de tres hombres distintos enrumbamos nuestra vuelta a casa. Debo decir esto sin temor a equivocarme: muchos tipos allá afuera no tienen ni idea. Toma la derecha decían y nos volvíamos a perder. Parece feminismo pero la próxima vez buscaré la ayuda de una mujer que no me mienta en la acera.

Bueno, cogimos las avenidas correctas. ¡Quién sabe cómo! Y nos volvimos en nuestro pasos. LLegamos al mall. Compramos todo lo que queríamos. Ninguna habló de lo pasado. Seguíamos sonrientes y compradoras compulsivas. Nos la pasamos genial. Todo este tiempo caminamos como pisando cáscaras de huevo. La razón: nos temblaban las rodillas un horror.
Volvimos a las ruedas, con un poco de miedo pero sin terror. Cogimos la vuelta tan listas para el sushi y el espumante frío. Empezamos la charla sobre las ganas de echarnos en el sofá rojo del gran salón y de estrenar la mesa del café con los pies en alto. Llegamos al edificio por el gran portón. Bajamos por el cemento frío lentamente, como respirando antes de entrar en punto zen.
Un gran sentimiento de alivio se apoderó de nosotras y entrecerramos los ojos por tan solos unas milésimas de segundo. Entonces... ocurrió. Un tope en lado lateral de toda la carrocería. La máquina se llevó tremendo golpe y nosotras, susto. Todo lo que evitamos; todo de lo que nos protegimos mutuamente; todo lo que reímos; todo fue en vano.
Han pasado ya más de dos meses desde entonces. Sigo visitando a mi amiga y a su auto-ogro. Hemos ido a todos lados y hasta me he animado a coger el volante. Las cosas van bien y el golpe ya no se ve.
Nota mental: dejar definitivamente las pastillas para dormir.

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