14 de noviembre de 2008

emergencia matutina

Los ojos me ardían. Era medianoche y los párpados me pesaban una tonelada. Era la tercera vez en ésta semana. Desperté con mis sentidos nublados. Estaba empapada de sudor, con la respiración entrecortada. No pude establecer si todo aquello era consecuencia de una fiebre nocturna o un virus de la mañana. No le presté mayor atención aunque mi curiosidad estaba comprometida.


Luego de mucho ensayar logré sumirme en un sueño profundo en una perturbante claroscuridad. Al despertar, en mi pecho se llevaba a cabo un concierto de rock. Debía tener la presión altísima, sudaba a mares y me embargaban esos deseos irreprimibles por gritar, gemir y hasta llorar.


Pasé el día de una forma fantasmal. Mi aliento se había extraviado. Las orejas me ardían iluminando mi andar en piloto automático. Al desaparecer el sol, Morfeo capturó mis sueños y me envolvió en mis anhelos. La sombra atacó. Susurraba en mi oído. Me enseñó aquel mundo prohíbido.


Era una tierra reinada por gigantes de un sólo ojo: seres sabios y amistosos. Me llevaron de la mano al único mirador de aquel sitio. Sus manos eran tersas. Desde allí alcancé a ver a sus subordinados: gente común. Me obsequiaron un telescopio que me permitía ser un espectador ausente en las acciones de aquellos pobladores.


Llamó mi atención una mujer que paseaba a su perro. No parecía gran cosa pero luego descubrí su patrón. Caminaba una y otra vez por el mismo camino, tanto que había abierto una brecha en el suelo antes sólido. Pegué los ojos al telescopio porque los edificios que en la primera vuelta eran verdes se transformaron en morados. ¿Qué había ocurrido? Observé el suelo y las pisadas seguían siendo las mismas. Se trataría tal vez de un holograama que cambiaba conforme a su propio placer.


Aquella tierra entintada por mitos y leyendas parecía atraparme. La idea de no volver al mundo real fluyó por mi cabeza por enésima vez. El artefacto funcionaba a toda hora. Reprimía escenas y las transmitía a su simple contacto con mi rostro. Me preguntaba si aquel lugar era realmente dominado por titanes de un ojo. Quería creer que ellos eran subordinados que trabajaban en secreto para mi. Creo que todo ello tenía su cuota de razón. Finalmente serían seres inexistentes si yo me despertaba.
Esa semana, cuentan mis amigos, no se me vio en ningún lado. Parecía que estaba al fondo del cajón de objetos desaparecidos. Yo sólo sé que al despertar me entró una urgengencia por volver a la magia de mi telescopio. Busqué entre las sábanaas y debajo de la cama. Hoy, vuelvo a ver esos edificios mora únicamente cuando sueño despierta, como un recuerdo vívido aunque lejano. Si alguna vez llego a regresar, los gigantes me capturarán y me veré forzada a reinar con ese maravilloso sentinmiento de pertenencia y de poder que encontré en aquellas tierras.

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