Son las cinco y treinta de la mañana. Hace poco más de una hora que lucho ente las sábanas, con una idea que se forma (y deforma) unas cincuenta mil veces. Es inútil ya mantenerme en cama. Salto de ella y me dirijo al cuarto de baño. En él me duermo un rato; al menos eso aparentan esos minutos en blanco en mi cabeza. Al salir, dudo si regreso a Morfeo.
Opto mejor por salir al salón. Allí guardo profundo silencio y veo como el balcón se ha transformado en un cuadro gigantesco en tonos grises y verdes. Tengo una sensación opaca. Es quizá que no he dormido suficiente aunque pienso en esa idea recurrente y comienzo a echarle la culpa a ello.
Son ya las seis. El apartamento empieza a llenarse de ruidos. La rutina acecha. Son voces y pasos presurosos destinados a mundanos oficios. No sé bien en qué momento he prcedido con alistarme para lo mismo. Debo haber accionado el piloto automático.
En el bus sueño un poco más. Despierta, como es mi preferencia. Allí permanezco fantasmal. Un espectro que ha sido extraído de SU realidad. Alguien que finge SER con comodidad en una urbe que a penas comprende. Esa idea que vuelve a conmoverme. Abruptamente soy retirada de ese estado por el grito del cobrador: paradero.
Rutinas, aquellas que encarecen mis días. Frágil imagen que se desliza por la parte baja de mi espalda. Me como la ciudad con cereal sin azúcar ni leche caliente. Un festín seco y corriente. Un círculo que me desanima con la misma intensidad con que brilla el sol en verano.
Debo combatir esas ansias por brincar de las sábanas, en algunos días.
Opto mejor por salir al salón. Allí guardo profundo silencio y veo como el balcón se ha transformado en un cuadro gigantesco en tonos grises y verdes. Tengo una sensación opaca. Es quizá que no he dormido suficiente aunque pienso en esa idea recurrente y comienzo a echarle la culpa a ello.
Son ya las seis. El apartamento empieza a llenarse de ruidos. La rutina acecha. Son voces y pasos presurosos destinados a mundanos oficios. No sé bien en qué momento he prcedido con alistarme para lo mismo. Debo haber accionado el piloto automático.
En el bus sueño un poco más. Despierta, como es mi preferencia. Allí permanezco fantasmal. Un espectro que ha sido extraído de SU realidad. Alguien que finge SER con comodidad en una urbe que a penas comprende. Esa idea que vuelve a conmoverme. Abruptamente soy retirada de ese estado por el grito del cobrador: paradero.
Rutinas, aquellas que encarecen mis días. Frágil imagen que se desliza por la parte baja de mi espalda. Me como la ciudad con cereal sin azúcar ni leche caliente. Un festín seco y corriente. Un círculo que me desanima con la misma intensidad con que brilla el sol en verano.
Debo combatir esas ansias por brincar de las sábanas, en algunos días.
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