19 de abril de 2008

espejismo

La vi allí sentada. Era ella. Estaba quieta con su piel canela y sus labios gruesos, tan míos como suyos. Ella y sus ojos soñadores... podría jurar que en ese momento alguna idea jugueteaba en las praderas de sus locuras.

Sus caderas: anchas, latinas, ambiciosas. Curvas destinadas a ser peligrosamente visitadas por muchos, aunque sólo pertenezcan a mí.

Traía una blusa listda dentro de los pantalones grises y un corte que parecía estar demasiado acostumbrado en su rostro ovalado. Un estilo formal que pretendía no delatar su lado de vie boheme.

Ella miraba a la nada y lo veía todo. Quizá me quedé con un simple vistazo a un espíritu intrépido aún. Encataba.

Ese pecho generoso, tan mío como suyo, timaba las razones de la física. Con solo mirarla oía su latir o su rebatir, porque aquello era un concierto en crescendo. Aturdimiento.

Ella, obstinada y fuerte. Un pilar siempre en quiebre. Una torre de babel.

Sus manos de luchadora y artista delatan la edad que se esconde tras sus ojeras. Tersa piel entralazada con mi sangre.

La vi allí sentada. Era ella, aunque no lo entendiera... era yo frente al espejo.

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