Arriba o abajo, siempre parecía claro
que habrían rutas de nunca terminar.
Empero, con pasos andados,
sin tropezar, y
con el millaje acumulado en el
sofá,
se hace evidente
la cercanía
de la línea
que corta el horizonte.
De lado a lado, queda claro
que el escape no tiene acceso y es que he
olvidado
la cuchara de plata que me regaló la nana
para casos de emergencia, donde
la soledad te rapta
y te deja sin rutas de nunca terminar.
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