Me presentaron a Ganya cuando estaba perdida, más bien hundida en una burbuja de plástico a punto de estallar. ¿Mi nombre? Para estos efectos sólo soy "la persona". No me pidan creatividad... he vivido absorta en esa burbuja por una eternidad.
En fin, sólo sé que Ganya fue concebida con el primer libro que levanté de ese viejo estante, creo que también perdido, en el medio de la sala. Con los años me presentaron otros estantes rebosantes de letras impresas en tinta espesa en páginas que olían a divino y en silencio Ganya iba construyendo su propia estructura.
Cuando estaba por cumplir los "dulces quince abriles" (Ganya me obliga a hacer enfásis en este absurdo), ella hizo su primera aparición. No fue de la manera más grata o prolija. De hecho su estilo estaba podrido en los perfumes de una docena de rosas salvajes descordinadas, atiborradas en espinas.
El intento fue tan burdo que Ganya me pidió prestada la burbuja y se instaló allí por un par de años. La situación llegó a su fin cuando con un reto con tufo a piropo Ganya se animó a crear su primer soneto cuerdo. Allí iba ella tirando ganchos de derecha e izquierda en el cuadrilátero de las letras. El retador no se enamoró pero ella estaba muy entusiasmada como para importarle. Ahora ella crecía en tintas multicolores y ella no entendía si aquella burbuja fungía como capullo creador o prisión fastamagórica/atrapadora del silencio.
Ahora, todo esto que te cuento es historia. Cada quien tiene su propia versión de Ganya y sé que eso es lo que a ella le gusta. Va tomándose un café en una ciudad fría y nublada y después de su última humarada te sonríe. Ella no evade... mira a los ojos, aunque no hable.
Escrito en borrador, en el diario de "la persona", hoy.
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