No tengo ganas de reunirme con el mundo. Prefiero perderlo de vista, ocultándome, utilizando a mis párpados como un telón listo para ser lanzado al vacío.
Por la noche, tan fría como mi alma y tan negra como la muerte, escucho –silenciosamente- el batir del viento; extraído de un espectáculo que nadie observa; como el susurro de un pensamiento que hiela mi sangre y conmueve el candor de mi corazón.
Sin sobresalto alguno, me dejo llevar por aquel inusual pacto. Las imágenes buscan al sonido perdido y tratan de ubicarse en la época destinada para ellas.
El telón continúa cerrado, sin público, buscando el placer de lo no vivido.
Una muralla de ideas atraviesa el campo donde reposan mis sueños e impide que recuerde su existencia. Pero atravesarla, no me atrevo. Prefiero esperar que alguno se escape de semejante yugo y ocupe el lugar que le corresponde. En esa angustiosa espera permanezco en silencio, en un espacio negro y cerrado, casi sin aire que respirar ni ganas de vivir.
Tener que aceptar mi destino, oyendo el perpetuo murmullo de gente que vive al borde del ensueño, sin quebrantarse a penas por el sufrimiento originado en ésta amarga realidad es mi alimento. Ese es mi anti-sueño.
04.08.03
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